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¡Hola amigos! Me llamo Abel Manríquez Machuca, soy periodista y tengo 51 años; aunque santiaguino de origen, vivo en Valdivia desde 1977.
Comparto la impresión de Neruda, de que cada ser humano es un niño eterno, lo cual me explica el atractivo que desde la infancia mantengo por los ferrocarriles.
Las obras ferroviarias y los trenes, además de expresiones de ingeniería y talento humanos, resultan mágicos, lúdicos, siendo a la vez un...
¡Hola amigos! Me llamo Abel Manríquez Machuca, soy periodista y tengo 51 años; aunque santiaguino de origen, vivo en Valdivia desde 1977.
Comparto la impresión de Neruda, de que cada ser humano es un niño eterno, lo cual me explica el atractivo que desde la infancia mantengo por los ferrocarriles.
Las obras ferroviarias y los trenes, además de expresiones de ingeniería y talento humanos, resultan mágicos, lúdicos, siendo a la vez un increíble sistema de transporte y un gigantesco juguete, con una rítmica oruga que se desliza en medio de los paisajes, traqueteando y, antiguamente, también echando humo y vapor al cielo, siguiendo su único y exclusivo camino que siempre parece esconder un misterio más adelante.
Mi madre, Lucía , en mis primeros años me llevó en dos o tres ocasiones en tren a la zona de Colchagua y era maravilloso ver el movimiento en la Estación Central y otras paradas, tanto de los trenes como de los pasajeros. En conexión de ramal en San Fernando, llegábamos luego hasta Santa Cruz, donde disfrutaba las bufantes locomotoras a vapor, asomándome con cuidado a las ventanas aspirando un aire vaporoso, mezcla de agua y un disuelto humo con aroma a carbón de piedra, recibiendo en mi cara pequeñas partículas volátiles negras, en medio del vaivén de acompasados golpeteos de fierro contra fierro de los carros avanzando sobre los rieles.
A los siete años, en la primavera de 1959, realicé un viaje de Santiago a Pitrufquén, que definitivamente me convirtió en un amigo de los trenes. Quedé fascinado para siempre en esa inolvidable ocasión.
De pronto, los pasajeros se animaron y el tren luego de salir de la estación de Collipulli y dar un pitazo largo pareció comenzar a volar y seguir en el espacio por encima de una enorme quebrada, en cuyo fondo se deslizaba un angosto cauce.
En medio de la ladera sur había una casa con una huerta, ropa colgada y una señora escobillando prendas en una arteza en un inclinado patio, la cual hizo un alto en su tarea para mirar, junto a un niño y un perro inquieto, el paso de la humeante y ruidosa cuncuna metálica.
Me sujetaron en la ventanilla para que pudiera mirar la portentosa enfierradura del Viaducto del Malleco, casi tuve vértigo al observar como las columnas de acero parecían desvanecerse hacia el vacío profundo, mientras que la brisa me refrescaba la cara.
Mi tío Carlos –que era con quien viajaba- y otro pasajero, un “sputnik” (“compañero de viaje”), se sirvieron un buen trago de vino tinto y echaron un salud, utilizando unos vasos plásticos plegables “la novedad del año” ofrecida por los numerosos vendedores que subían a los trenes para ofertar de un cuánto hay. Yo brindé con una bilz.
Lo único que deseaba en estos momentos es que ocurriera algo que obligara al tren a devolverse para vivir nuevamente esa increíble experiencia. Eso me impactó definitivamente y pensé que los hombres que habían imaginado y creado esa obra en todas sus facetas, eran seres humanos excepcionales. Por donde había pasado era un lugar de fantasía, un sueño materializado.
A partir de tal instante, siempre me he sentido amigo del ferrocarril. |