William Wheelwright, el constructor de la modernidad
En el siglo XIX, la naciente República de Chile se encontraba ante el colosal desafío de consolidar su independencia política mediante la construcción de un orden económico e institucional sólido. En este contexto de transición, la llegada de capitales, ideas y mentes audaces desde el extranjero desempeñó un rol fundamental.
Ninguna figura individual simboliza mejor esta inyección de dinamismo y revolución industrial en el Cono Sur que el empresario e ingeniero estadounidense William Wheelwright.






La llegada del ferrocarril a Curicó se produjo en diciembre de 1868 trayendo gran progreso a la ciudad. Lo mismo ocurria con todas aquellas que fueron alcanzadas por los rieles en los decenios siguientes.


Se trataba de un pequeño sub-ramal de trocha métrica propiedad de Ferrocarriles del Estado, inaugurado en 1914, que partía desde la estación de San Felipe hasta el pueblo de Putaendo distante a 16 km.


Las pampas salitreras del área sur del Desierto de Atacama habían sido reconocidas desde principios de la década de 1870, en territorios que siempre estuvieron bajo jurisdicción chilena.
En 1842, William Wheelwright, presenta al gobierno de Chile un proyecto para la construcción de un ferrocarril entre Santiago y Valparaíso, capaz de cubrir en unas 8 horas el recorrido que hasta ese entonces tomaba varios días. Dicho proyecto fue aprobado, encargándose el estudio preliminar del trazado de la vía al italiano Hilarión Pullini.
El Ingeniero que diseñó el Viaducto del Malleco

Hoy en día, movilizar a la población de Santiago de Chile sin un ferrocarril metropolitano (Metro) sería casi imposible, hace cien años atrás, esta idea era uno de lo principales argumentos que movía a las autoridades a construir y ampliar las vías férreas, especial interés presentaba la construcción de ferrocarriles urbanos en la ciudad de Santiago.



La zona de Aguas Blancas, situadas al sureste de la ciudad de Antofagasta, fue ampliamente recorrida por las caravanas de exploradores mineros a mediados del siglo XIX. En una de estas expediciones, hacia 1860, José Santos Ossa descubrió indicios de la presencia de nitrato de sodio, pero sólo se dedicó a las actividades salitreras 6 años más tarde y en otro sector, el Salar del Carmen.


